Crónica de una transferencia tecnológica que se transfirió a otra parte.
Debe saberse, para honor de la verdad y escarmiento de los entusiastas, que la empresa RoboMinera Solutions del Pacífico S.A.C. —importadora exclusiva para el Perú de la más avanzada perrería robótica del hemisferio norte— llegó a la mina con el mapa más hermoso que se haya dibujado jamás. Y perdió, precisamente, porque el mapa era hermoso.
El producto se llamaba CANIS-7, aunque en los folletos aparecía como “la solución cuadrúpeda autónoma de inspección predictiva”, que es como llamar a un perro “unidad canina de vigilancia perimetral con retroalimentación afectiva”. Era, en efecto, un robot con forma de perro sin cabeza, capaz de caminar solo, subir escaleras, esquivar obstáculos y detectar, mediante termografía e inteligencia artificial, la vibración anómala de una bomba de relave tres semanas antes de que fallara. Costaba lo que un departamento en Miraflores con vista al mar, y valía cada centavo. En Renania.
El gerente comercial de RoboMinera, don Álvaro Buendía-Wolff —guion de por medio, porque el guion daba caché—, había preparado la venta con una devoción que rozaba lo litúrgico. Tenía slides. Tenía un caso de éxito de una mina de potasio en Alemania. Tenía un ROI calculado a cuatro decimales. Tenía, sobre todo, la certeza inconmovible de quien ha leído el catálogo y confunde haberlo leído con conocer la faena. En su mapa, la Compañía Minera Apu Ccarhuarazo, a 4 550 metros sobre el nivel del mar y sobre el nivel de toda cobertura celular, era exactamente igual a la mina de potasio alemana, salvo por la altura, que él consideraba un detalle geográfico y no, como resultó ser, el protagonista de la historia.
Subió a la mina con su equipo, su CANIS-7 en un cajón climatizado y una confianza del tamaño del Huascarán.
La primera señal de que el territorio no había leído el mapa la dio el propio perro. Encendido con ceremonia frente al superintendente de operaciones, el ingeniero Nemesio Quispe —hombre de pocas palabras y muchas paradas de planta a cuestas—, el CANIS-7 dio tres pasos majestuosos, evaluó el aire enrarecido de la puna con sus sensores calibrados a nivel del mar, concluyó que se encontraba en el vacío sideral y se sentó. Literalmente se sentó, con una dignidad de perro que ha decidido que hasta ahí llegó su jornada. La batería, garantizada para ocho horas en Renania, rindió en la puna lo que rinde un pulmón limeño en el paso de Anticona (Ticlio a 4818 msnm. para los que no sabian): la mitad, resollando.
—Es un ajuste de altitud —explicó Buendía-Wolff, sonriendo con esa sonrisa que ponen los vendedores cuando por dentro rezan—. Nada estructural.
El ingeniero Quispe asintió con la cortesía de quien ha visto morir muchas cosas nada estructurales a 4 550 metros.
Pero el verdadero desencuentro no fue el perro, que al fin y al cabo se reprograma. Fue más sutil, más criollo, y por eso más letal. Porque don Álvaro había dibujado su mapa alrededor de una convicción central: la mina necesita predecir las fallas de sus bombas. Y era verdad. Solo que era una verdad de catálogo. El territorio, más terco, funcionaba con otra verdad que ningún folleto contemplaba.
La descubrió, sin querer, durante el almuerzo, cuando el ingeniero Quispe —ablandado por el segundo mate de coca— soltó la frase que valía más que todo el ROI a cuatro decimales:
—Ingeniero, mire. Yo ya sé cuándo se me van a malograr las bombas. Me lo dice el maestro Fortunato, que las escucha. Se para al lado, cierra los ojos, y me dice “esta aguanta dos semanas, jefe”. Y le atina. El problema mío no es saber. El problema mío es que cuando se malogra, el repuesto está en Lima y el técnico está en Lima y yo me quedo dieciséis horas parado botando relave al río y con el fiscal ambiental respirándome en la nuca.
Ahí, en esa mesa, sobre un mantel de hule con estampado de flores, el territorio entero se reveló de golpe. La mina no necesitaba un perro carísimo que predijera lo que el maestro Fortunato predecía gratis con el oído y la fe. La mina necesitaba repuestos en faena y un técnico que llegara antes que el desastre. El CANIS-7 resolvía con brillantez germánica un problema que la Apu Ccarhuarazo ya tenía resuelto por medios andinos, y no rozaba siquiera el problema que de veras le quitaba el sueño al ingeniero Quispe.
Don Álvaro, sin embargo, estaba tan enamorado de su mapa que ni el almuerzo lo despertó. En lugar de soltar el perro y agarrar el hueso que le acababan de tirar, hizo lo que hacen los hombres de un solo folleto: subió la apuesta de su propio error. Ofreció un descuento. Luego ofreció dos CANIS-7 al precio de uno y medio, como si el problema fuera la cantidad de perros. Ofreció una app en la nube para monitorear los perros —en una faena sin señal—, capacitación certificada en Renania y una garantía extendida. Regaló, en suma, margen a manotazos para hacer más atractiva la respuesta a una pregunta que nadie en esa mina se estaba haciendo.
El ingeniero Quispe escuchó todo con paciencia de altura, y al final formuló la única pregunta que importaba, la que dibujaba el territorio de un solo trazo:
—¿Y ustedes me pueden tener repuestos y un técnico en Ccarhuarazo en menos de veinticuatro horas?
—Nuestro perro anticipa la falla con tres semanas —respondió don Álvaro, orgulloso, contestando a otra pregunta, la de su mapa.
—No le pregunté eso, ingeniero.
Silencio. El CANIS-7, en un rincón, volvió a sentarse.
El desenlace lo adivina cualquiera que haya subido alguna vez por encima de los cuatro mil metros con una idea fija en la maleta. La Apu Ccarhuarazo no compró el perro. Compró, un mes después, un aburridísimo contrato de disponibilidad garantizada con un proveedor local que no tenía inteligencia artificial ni forma de cuadrúpedo, pero sí un almacén en Huaraz, tres técnicos con soroche crónico y la humildad de haber preguntado, en la primera reunión, qué le dolía a la mina. La transferencia tecnológica sí ocurrió, en efecto; solo que la tecnología transferida fue una camioneta 4×4 llena de repuestos, que es la robótica más avanzada que reconoce un superintendente a esa altura.
De RoboMinera Solutions del Pacífico se cuenta que don Álvaro Buendía-Wolff regresó a Lima convencido de que la mina “no estaba preparada para la innovación”, que es lo que dicen todos los que confunden su mapa con el territorio: en vez de sospechar del mapa, declaran defectuoso al mundo.
El CANIS-7, dicen, quedó en la oficina de RoboMinera, junto con la narrativa de don Alvaro, que retornó un par de años despues con un mejor plan, pero esa es otra historia, que sera contada en su momento.

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